Cambio de tema

de Daniel Aragonés




Lo mejor de todo son las presentaciones. Nueva novela. Nueva editorial. Ilusiones renovadas. Estoy delante de la silla, en la librería de turno, con una cerveza en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. Empiezo a exponer. Me acompaña el Sr. Javinho. Pregunta, respuesta, risas, un poco de allí, otro poco de allá. Acuden ocho personas, se venden tres libros, uno de ellos al Drogas de Barricada.



«¡Bien, tío!», me digo.

Cambio de tema: organizo una barbacoa. Carne mala, cerveza de marca blanca, chorizos baratos, panceta y pan congelado recién horneado. Mi casa se llena de gente con ganas de comer y beber gratis, aunque sea la mayor bazofia del mundo. Risas. Borrachos a los que no conozco se tumban en mi sofá. Conversaciones absurdas. A las tres de la mañana hay cuarenta personas en el patio. Vendo veintitrés novelas, cinco de ellas se quedan en mi casa, olvidadas por sus perjudicados dueños. 

«¡Joder, tío!», me digo.

Contacto con páginas, reseñadores, prensa gratuita y lectores desinteresados. Todos me dicen que les envíe la novela (al principio enviaba ejemplares físicos, ya no). Si mantienes el hilo del peloteo barato y sonríes garantizas un funcionamiento medianamente bueno. Capitalismo de parvulario, así de simple.

«¡Claro que sí, amigo!», pienso. 

Las estrofas son cada vez más cortas. Las ganas cada vez más grandes. Me siento seguro haciendo lo que hago. El problema es el círculo, los círculos. Muchos lectores no sabes que lo son, por lo tanto, no me conocen. Todo se limita al entorno cercano, un entorno que abarca medio planeta (gracias a las redes sociales). Novelas con destino Texas, Edimburgo, París, Camberra, Barcelona, Ciudad Real, Madrid, Moscú y kioto.

«Hay que seguir remando», pienso.



El mercado es la estampación de un careto en una camiseta que no aguanta más de un lavado. Vender libros es la fotografía reciente de un lector posando con una novela mientras hace de vientre. Capitalismo, globalización, risas enlatadas, falsas alegrías y cientos de artistas dando la tabarra. No debemos olvidar que somos nuestro peor enemigo.