recuerdos que mejoran el pasado

de Moribundo Insurgente



          El otro día cayó en mis manos una peli de los 80, de cuando yo era un mocoso de poco más de un metro de altura, y recordé cuando no me dejaron verla porque tenía dos rombos (para los jóvenes y estrangeros, decir que los rombos indicaban que no era apta para todos los públicos) pero yo la vi igualmente porque me levantaba de madrugada para verla aprovechando que mis padres trabajaban y se iban a dormir pronto.

¡Qué efectos especiales, qué trama, qué buena estaba la prota...! Pensé "que tiempos, tengo que volver a verla", y lo hice.


    Las pelis antes no duraban como ahora, solían durar 60 o como mucho 80 minutos (contando los créditos). Cuando llevaba unos 40 minutos la quité. Vaya mierda de efectos especiales, vaya mierda de guión más malo, la prota no era para tanto y no sabía actuar; como se suele decir "la película ha envejecido muy mal".
   Pienso en esa frase y creo que las pelis no envejecen, lo hacemos nosotras y nuestra mente. Si esa peli la ve un niño de ahora, te la tirará por la cabeza, pero en aquella época en la que nuestras personalidades eran limpias e inocentes, nos sorprendía cualquier basura y flipábamos luego en el cole intercambiando opiniones en secreto con el resto de los pocos alumnos de clase que la habían visto.

   De niños nos emocionan muchas cosas, todo es nuevo y lo vivimos con grandes dosis de excitación, curiosidad y buenas espectativas.
   Ya de adultos nos sobreviene una especie de frustración. Las cosas muchas veces apenas cambian en realidad, lo hacemos nosotras; todo es más pequeño y apagado, las distancias se vuelven muy cortas en comparación a cómo las recordabamos; los objetos más insípidos antes nos resultaban casi totémicos.


   Creo que es mejor no volver a recordar lo que hemos idealizado en la infancia porque así todo se conservará virgen, intocado, señalizado y marcado para siempre con los detalles que nos abrumaron en su día, todo será supervitaminado, superlativo, incorruptible al paso del tiempo, mejor que cualquier objeto o posesión, porque los recuerdos acostumbran a mejorar el pasado.