El sentido de la vida

de Teresa Estévez


   Los seres humanos somos unos animales peculiares: nos distinguimos por buscar y encontrar siempre sentido a lo que sucede. Si en medio de la noche oímos un ruido desconocido inmediatamente intentamos encontrar una explicación al hecho y no nos dormimos hasta haber elaborado una interpretación de lo acaecido que nos tranquilice.
La verdad es que no podemos respirar sin la convicción de que existe un orden y estructura en los acontecimientos del mundo. Nos conforta la creencia de que hay un designio coherente y articulado en los sucesos de la vida, nos alivia saber que hay un plan, que todo tiene un sentido. No solo pretendemos que haya un sentido cósmico, es decir, creer que hay un diseño superior en el funcionamiento del universo (una especie de ordenamiento mágico o místico) sino que también precisamos que exista un sentido a nuestra propia existencia, un propósito a nuestra vida, un objetivo. Desgraciadamente el universo es contingente, incidental sin designio ni finalidad por lo que el sentido de nuestra vida solo tendrá la intención que nosotros mismos le queramos dar. Y aquí viene el problema: hay gente que no es capaz de encontrar un sentido a su vida. ¿Para qué vivir? ¿Cual es el propósito de nuestra vida? ¿Por qué actuar si al final todos morimos?

   En tiempos pretéritos, la religión proveía no solo de una historia que hacía compresible el mundo, sino también de unas pautas de actuación que hacían inteligible la propia existencia: se trataba simplemente de armonizar la propia vida con el diseñado plan divino. En la sociedad moderna actual, urbanizada, industrializada, exiliada de los ritmos naturales y completamente secularizada, las personas se hallan sin el antiguo faro que les daba una dirección en la vida y muchos naufragan. Con esto no hago una apología al dogma, solo fundamento datos. En efecto, el aburrimiento, la apatía, el conformismo, el cinismo, el nihilismo y la desesperación no son sino manifestaciones de esta desorientación vital y los médicos comprueban cada día que muchas adicciones, depresiones, ansiedades y conductas inadaptadas obedecen a que la gente no es capaz de darle sentido a la vida.  Aún  haciendo mil cosas, la costumbre y la rutina nos capa. Pensemos que si una persona carece de sentido para vivir, de una meta, también carece de valores y guías para actuar. Es decir no solo están completamente angustiados ante un mundo sin orden ni concierto sino que además están totalmente entontecidos porque ignoran como actuar. Creo que encontar sentido a la vida en un mundo laico debe ser algo así como.....

   Lo primero que hay que saber es que el sentido de la vida se encuentra siempre de manera oblicua, como un producto secundario de nuestra involucración en la acción. Solo si nos volcamos intensamente en ocupaciones, solo si nos obligamos a obrar, solo si participamos activamente en múltiples tareas por inquietudes, surgirá un sentido a nuestra existencia. El error más catastrófico es pretender encontrar primero un sentido a la vida, unos objetivos para poder después actuar. Es justo lo contrario: sumergirse completamente en la acción, ya sea el amor, el trabajo, las aficiones, la espiritualidad, cualquier actividad vivida con pasión acabará dando coherencia a nuestra vida. Es únicamente cuando nos alejamos de la vida y la acción y nos convertimos en espectadores distantes cuando las cosas nos dejan de importar, cuando la vida parece perder sentido. Es como subir a una gran montaña y ver allá abajo unas diminutas figuras que se mueven en sus afanes cotidianos ¡qué triviales y ridículas se nos muestran desde las alturas! ¡qué absurda nos parece la vida del valle desde la cumbre! Embriagados por la visión superior nos persuadimos que la vida carece de sentido, que nada vale la pena, que todo es irrisorio y efímero. Sin embargo, las cumbres no están hechas para vivir en ellas, donde tiene lugar la existencia es en los valles. Las cimas nos ofrecen un punto de vista, una perspectiva enriquecedora pero solo una más y tan valiosa como la visión que nos ofrece desde el valle. No nos emborrachemos de la elevación y la lejanía y no olvidemos que como seres humanos nuestra existencia es en sociedad, en proximidad con los congéneres. Ahí es donde reside el sentido de la vida.

   Dicen los taoístas: que atendamos siempre lo pequeño sin olvidar lo grande. Que cuidemos nuestro limitado “yo” sin olvidar la trascendencia. Que nos fijemos en las formas que vemos sin olvidar la no-forma.

   Recordad: solo cuando nos zambullimos total en la acción de la mano de la pasión surge el sentido de nuestra vida. ¡Lanzaros ya!