Y al final llegó el final

de Juan Cabezuelo


   Llevamos varias horas caminando bajo un Sol precioso, entre una vegetación espesa y húmeda que hace que la caminata sea muy amena. El sendero es estrecho y pedregoso, pero a veces se ensancha durante un buen trecho y podemos recorrerlo unos al lado de otros, compartiendo conversaciones y risas, luego vuelve a estrecharse y tenemos que ir en fila india con la mirada fija en el compañero de delante por si da un mal pasó pero con la tranquilidad de saber que quien tienes detrás cuida de ti. 

    El camino se vuelve un poco cuesta arriba y algunos compañeros deciden que están casados y que prefieren volverse a casa -y allí nos esperarán- antes de desfallecer por el camino o sencillamente porque el paisaje lleva rato siendo el mismo y se les empieza a hacer monótono -esas cosas pasan-, pero el resto seguimos, sudando las botas y racionando el agua de las cantimploras. 
   Por algún sendero se nos une algún que otro caminante, que harto de caminar solo  acepta nuestra compañía, y nosotros encantados de la vida, cuantos más seamos más reiremos. Nos cae encima lo que parece que iba a ser un pequeño chubasco pero resulta ser un tormentazo del copón, pero nosotros nos agrandamos con los inconvenientes y seguimos "p'alante". También nos cruzamos con otros montañistas que dicen seguir otra ruta y algunos de nuestros compañeros deciden marcharse con ellos, no nos queda otra que darles un gran abrazo y desearles suerte en el camino -puede que nuestras rutas vuelvan a cruzarse algún día-.
   Nos entra hambre y compartimos la comida entre todos, se nos termina el agua de las cantimploras y todos tragamos saliva intentando engañar a la sed, se nos rompe la suela de las botas y cojeamos con alegría. De vez en cuando tengo que servir de punto de apoyo a algún compañero lesionado, otras veces me arrastran a mí porque estoy extenuado, pero la ilusión por llegar nos da fuerzas para seguir adelante.
   Y de pronto el sendero se termina, las copas de los árboles se van espaciando dejando ver cada vez más cielo. Llegamos a la cima cansados, magullados, oliendo a muerto y con la respiración entrecortada por el esfuerzo. Me tumbo sobre el suelo y miro al cielo, este ha empezado a oscurecer y las primeras estrellas aparecen tímidamente con sus pequeños destellos.
  -¿Y ahora qué? -me preguntan.
  -Nada. -Respondo.
  -¿Esto es todo? -me dicen con cara de incrédulos.
  -Sí -les contesto-, el final del camino.
  -¿Todo lo que hemos pasado sólo a sido para llegar hasta aquí y poder mirar las estrellas? -me dice alguno un tanto enfadado- pues no sé sí ha valido la pena.
   Respiro hondo durante un rato, luego me incorporo y señalo hacia donde se encuentra el sendero por donde hemos venido. Todos se lo quedan mirando y se sientan a mi lado. Recordamos como empezamos a caminar por él sin tener ni puta idea de a donde íbamos a llegar, recordamos a los compañeros que se cansaron y se dieron la vuelta, recordamos a los que decidieron seguir otro camino. También recordamos la lluvia, las botas rotas, el hambre, la sed y el cansancio, entonces nos tumbamos todos y volvemos a mirar las estrellas de nuevo y nos parece que se ven más bonitas que nunca.
   -Hostia Juan -me dice uno de ellos- tienes razón... sí que ha valido la pena.